Una llamada a media noche transformó su vida por completo

Todos sabemos lo que se siente cuando nos llaman en mitad de la noche y nos toca coger el teléfono asustados. Esa noche pasó algo parecido. Yendo hacia el teléfono miré la hora en el reloj digital que tenía encima de la mesita. Era media noche. Un sentimiento de pánico inundó mi adormilada mente en el momento en el que levanté el teléfono.

Una llamada a media noche transformó su vida por completo
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«¿Hola?» Mi corazón latía a 200 por hora, cogí el teléfono más fuerte y miré a mi marido que se dio la vuelta hacia mi lado de la cama.

«¿Mamá?» A penas podía escuchar un susurro. Pero mi mente pensó automáticamente en mi hija. Los llantos desesperados de una joven se escuchaban cada vez más claros a través del teléfono. Cogí a mi marido y le apreté fuerte la muñeca.

«Mamá, sé que es tarde, pero por favor no digas nada hasta que yo termine de hablar. Antes de que me preguntes, sí, he estado bebiendo. Casi me salgo de la carretera hace un rato y…».

Respiré profundamente y me llevé las manos a la cabeza. El sueño aún nublaba mi mente. Intentaba combatir el pánico que sentía en ese momento. Algo no iba bien.

«Me he asustado tanto… Solo pensaba en lo duro que sería para vosotros si un policía llegase a casa y os dijese que había muerto. Quiero… volver a casa. Sé que huir no es la opción correcta. Sé que has estado muy preocupada. Sé que debería haberte llamado hace unos días, pero estaba muy asustada… mucho.»

La emoción inundaba mi mente. En ese mismo instante se me vino a la mente la cara de mi hija y todos los sentimientos nublados se terminaron de aclarar. «Creo que…»

«¡No! ¡Déjame acabar por favor!» No lo decía enfadada sino desesperada. Me callé y pensé en qué decirle. Antes de que pudiese volver a hablar ella continuó.

«¡Estoy embarazada mamá! Sé que no debería estar bebiendo ahora mismo… y menos en mi situación. Pero estoy asustada mamá, muy asustada.» Me mordí los labios y los ojos se me llenaron de lágrimas.

Miré a mi marido que me miraba fijamente preguntándome que quién era. Dije que no con la cabeza y entonces se levantó de la cama y salió del cuarto. Regresó a los pocos segundos con el teléfono inalámbrico en el oído.

Seguramente escuchó un click en la línea porque me preguntó «¿Sigues ahí? Por favor no me cuelgues, te necesito mucho. Me siento muy sola.»

«Estoy aquí, jamás te colgaría» le dije.

«Sé que te lo debería haber dicho antes mamá, pero cada vez que hablo contigo no haces más que decirme lo que debo hacer. No haces más que leer todos esos panfletos donde intentan enseñarte cómo hablar de sexo y todo eso. Pero solo hablas tú, nunca me escuchas. Nunca me dejas decirte cómo me encuentro. Es como si mis sentimientos no importasen. Como eres mi madre, crees que tienes todas las soluciones. Pero hay veces que no quiero soluciones, solo quiero que alguien me escuche.»

Tragué el nudo que tenía en la garganta e intenté recordar qué decía en el panfleto de «¿Cómo hablar con tus hijos?». «Te escucho», le susurré.

«¿Sabes? Después de casi estrellarme, cuando volví a tener el control del coche, es cuando me he dado cuenta de que me preocupo por mi bebé y de que quiero cuidarle. Entonces miré el móvil y enseguida se me vino a la mente una imagen tuya diciendo que la gente no debía beber si conducían. Por ello llamé a un taxi. Quiero volver a casa.»

«Eso está muy bien cariño», le dije un poco más reconfortada. Mi marido se sentó a mi lado y entrelazó su mano con la mía. Noté por su gesto que estaba haciendo y diciendo lo correcto.

«Pero creo que ahora ya sí puedo conducir».

«¡No! Le dije asustada. Agarré fuerte a mi marido. «Por favor espera al taxi y no me cuelgues hasta que el taxi haya llegado».

«Solo quiero llegar a casa mamá».

«Lo sé, pero hazlo por mí, espera al taxi por favor». Escuché cómo se quedaba en silencio con mucho miedo. No escuchaba su respuesta, comencé a morderme el labio de nuevo y cerré los ojos. Tenía que impedir que condujese de la manera que fuese.

«Ya está el taxi aquí, por fin».

Solo cuando escuché a alguien por detrás preguntando si habían pedido un taxi me tranquilicé.

«Ya voy de vuelta a casa mamá». De repente la llamada se cortó. No hacía más que dar vueltas en la cama con los ojos llenos de lágrimas. Me levanté y fui al cuarto de mi hija de 16 años.

Mi marido vino detrás mía, me abrazó y posó su barbilla en mi cabeza. Me limpié las lágrimas de las mejillas. «Debemos aprender a escuchar», le dije. 

Me dio la vuelta y me dijo «aprenderemos, ya lo verás». Entonces me arropó entre sus brazos y apoyé mi cabeza en sus hombros. Dejé que me abrazase durante unos segundos y después me reincorporé y me quedé de pie mirando la cama.

Una llamada a media noche transformó su vida por completo
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«¿Crees que algún día sabrá que ha marcado un número incorrecto?, me preguntó mi marido. Miré a nuestra hija dormida y después a él de nuevo. «Quizás no era tan incorrecto», le dije.

«Mamá, papá, ¿qué hacéis?» dijo una voz adormilada de debajo de las sábanas. Caminé hacia mi hija que se incorporó para sentarse en la cama.

«Estamos practicando», le dije. «¿Practicando qué?, me contestó. «A escuchar», susurré y acaricié su cara.

Es tremendamente importante aprender a escuchar. A veces nos cerramos y no queremos ponernos en el lugar del otro y solo intentamos quedar por encima.

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Imagen principal: Nocookie