¿Tenías una «mantita» cuando eras niño? Esto es lo que dice sobre ti

Muchos niños, especialmente entre los 2 y los 5 años, tienen un «amigo» especial, una «mantita», «trapito», «gasita»… A medida que pasan los años, suelen convertirse en en trapajos descoloridos, malolientes y deshilachados, pero les cogen tanto cariño que cada vez parecen apreciarlos más. Para ellos supone un cómplice, un compañero de sueños, y sobre todo, una fuente de calma.

Ya se trate de una «mantita», un peluche, o cualquier otro elemento blandito, también conocidos como objetos de transición, estos son utilizados por muchos niños como una forma de calmarse a sí mismos sin la necesidad de sus padres. En 1951, el psicólogo infantil Dr. DW Winnicott definió por primera vez este objeto de transición como «cualquier material al que un bebé atribuye un valor especial y por medio del cual el niño es capaz de hacer los cambios necesarios desde su primera relación oral con su madre hasta las relaciones objeto más genuinas.»

¿Tenías una "mantita" cuando eras niño? Esto es lo que dice sobre ti
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En otras palabras, estas «mantitas» permiten a los niños establecer conexiones con el mundo exterior, además de con su madre. Tales objetos se adoptan comúnmente cuando los niños van al colegio o a la guardería como una manera de aliviar la ansiedad que les supone la separación de sus padres.

Contrariamente a la creencia popular, especialmente hace unos años, los niños que utilizan estos objetos de transición no son demasiado infantiles. De hecho, sus objetos de confort pueden darles la posibilidad de ser más independientes que los niños que no los usan.

Con la tranquilidad y la confianza que les aporta tener a su lado su peluche o su «mantita», los niños pueden sentirse más seguros en situaciones desconocidas como la guardería o el colegio. Por ejemplo, cuando se caen en el patio del colegio y su madre no está ahí para levantarlos y darles un beso, la confianza que les aporta su peluche o su «mantita» hace que todo siga bien.

Varios estudios demuestran que los niños que usan este tipo de objetos son en realidad menos tímidos y se concentran más que aquellos que no los usan. Sus objetos «queridos» son como los ruedines de la bici, les sirve de entrenamiento para convencerse a sí mismos de «que todo va a ir bien». Con este intrínseca sensación de confianza, los niños se sienten lo suficientemente seguros para tomar pequeños riesgos, explorar y crecer.

Muchos padres cuando sus hijos cumplen cierta edad hacen «desaparecer» estos objetos porque ya están muy estropeados. Y para muchos niños supone un duro trance, ¿cómo podrán alguna vez volver a dormirse sin la suavidad y el olor insustituible de su objeto?

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Como la primera elección «no-posesiva», estos objetos de confort ayudan a los niños a hacerse autosuficientes y establecerse como individuos independientes de sus padres. Debido a la gran importancia que los niños le otorgan a estos elementos, los expertos plantean que cualquier crítica o rechazo al objeto elegido puede conducirlos a dificultades de apego y cariño en su vida adulta.

El respeto y la consideración que los padres muestren por estos objetos de confort pueden «mejorar el contacto entre los niños y los adultos, e incluso el contacto entre los propios niños».

Muchos niños, rápidamente después de perder a sus objetos de confort, encuentran una manera de auto-calmarse de nuevo, en algunas ocasiones con otro objeto similar.

Es probable que los propios amigos que se burlan de estas cosas, tengan o hayan tenido algún objeto parecido. Este tipo de elementos son muy comunes entres los niños: el 60% de los niños tienen uno, así como el 35% de los adultos.

Es muy importante que los niños decidan por sí mismos cuando rechazar o alejar de ellos estos objetos de transición. Muchos dan el paso de esconderlos en un sitio donde saben que no alcanzan o que no tienen un fácil acceso a ellos. A diferencia de cuando les son quitados a la fuerza, esta es su manera autodeterminada de decir «Soy un niño grande. Si algo me da miedo tengo las herramientas emocionales suficientes para superarlo por mi cuenta.»

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Eso no quiere decir que los objetos de confort deban dejarse atrás cuando crecemos. El terapeuta Gerri Luce, LCSW dice que incluso los adultos pueden beneficiarse de estos adorados objetos para ayudarles a salir en épocas difíciles, siempre y cuando no interfieran en un su vida íntima o profesional (probablemente sea mejor no llevarse una «mantita» al trabajo).

Muchos adultos, ya sea conscientemente o no, adoptan algún tipo de objetos para hacer frente a las tensiones diarias. Diarios en los que expresar sus sentimientos, objetos que nos recuerdan a algún ser querido, o incluso un teléfono con el que poder conectar con otros cuando están solos pueden tener un efecto parecido al de una «mantita» en un niño. Mientras dejemos atrás al osito de peluche, la necesidad de un objeto físico que nos da comodidad y seguridad no es específicamente infantil.

Como dice el psicólogo Colleen Goddard, los objetos de transición «representan el proceso por el cual (una persona) puede navegar por la vida, y la experiencia de un equilibrio homeostático interior, un sentido de cohesión de bienestar en cada fase del desarrollo». Así que mantén a tu osito de peluche (o tu iPhone) cerca esta noche, porque según el afamado psicólogo Abraham Maslow, tener este tipo de necesidades básicas «importa más que cualquier otra cosa en el mundo.»

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Fuente: DoseImagen de portada: Pixabay