Esto es lo que le dijo a la hija adolescente de su amiga cuando se quedó embarazada

Mi amiga me contó la terrible situación de cuando su hija finalmente les contó a ella y a su marido que estaba embarazada. Hubo acusaciones y recriminaciones, variaciones de «¿Cómo puedes habernos hecho esto?» Me sentí mal por ellos: padres que se sienten traicionados por una hija que se les ha ido de las manos. ¿Podría yo serles de ayuda a superar este trance?

Estaba tan molesta por la situación que hice lo que suelo hacer cuando no puedo pensar tranquilamente: llamé a mi madre. Ella me recordó algo que he oído mucho a lo largo de los años. Enseguida le escribí una nota a mi amiga, compartiendo con ella el consejo de mi madre: Cuando un niño tiene problemas, cierra la boca y abre los brazos.

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Yo he tratado de seguir este consejo mientras los míos han ido creciendo. Con cinco hijos en seis años, no siempre ha sido un éxito, por supuesto. Tengo la boca grande y la paciencia limitada.

Recuerdo cuando Kim, la mayor, tenía cuatro años y tiró la lámpara de su cuarto. Una vez que vi que no se había cortado, me lancé de lleno a decirle que era una antigüedad, que había estado en nuestra familia durante tres generaciones, que debería ser más cuidadosa, y mientras esto ocurría, pude ver el miedo en su cara. Sus ojos estaban como platos, sus labios temblando. Se alejó de mi. Recordé las palabras de mi madre. Paré en mitad de la frase y le tendí los brazos.

Enseguida se tiró a ellos, diciendo «Lo siento,…lo siento», entre sollozos. Nos sentamos en su cama, acariciándola y meciéndola durante un buen rato. Me sentí fatal por haberla asustado y por haber dejado, aunque fuera por un segundo, que pensara que la lámpara era más valiosa para mi que ella.

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«Yo también lo siento Kim,» le dije cuando se calmó lo suficiente como para oírme. «Las personas son más importantes que las lámparas. Menos mal que no te has cortado.»

Afortunadamente, me perdonó. Me enseño que es mejor contenerme que intentar retratarme de lo dicho cuando estoy enfadada, indignada, molesta o frustrada.

Cuando mis hijos eran adolescentes, los cinco al mismo tiempo, me dieron muchas más oportunidades para poner en práctica la sabiduría de mi madre: problemas con los amigos, estar a la moda, no tener cita para el baile de fin de curso, multas, borracheras. Tengo que confesar que el consejo de mi madre no era lo primero que se me venía a la cabeza cuando algún profesor o el director me llamaban. Después de ir a buscar al que fuera al colegio, la conversación en el coche a veces era a gritos.

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Solo en las ocasiones en las que recordaba la técnica de mi madre, no tenía que retratarme del sarcasmo o disculparme por las suposiciones o por ponerles castigos poco realistas. Es increíble lo reconfortante que es mimar a un niño, incluso cuando ya está atrapado en el cuerpo de un adulto. Cuando era capaz de contenerme, también podía escuchar sus miedos, su angustia, su culpa y su arrepentimiento. No trataban de ponerse a la defensiva porque no los estaba acusando. Podían admitir que se habían equivocado, sabiendo que los quería a pesar de lo que hicieran. Podíamos trabajar en «lo que creen que deberíamos hacer entonces.»

Mis hijos son grandes, la mayoría tienen su propia familia. Uno vino a mi hace unos meses y me dijo, «mamá, he hecho algo estúpido…».

Tras un abrazo, nos sentamos en la mesa de la cocina. Lo escuché y asentí durante cerca de una hora. Cuando nos levantamos, me dio un abrazo que casi colapsa mis pulmones.

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«Gracias mamá. Sabía que me ayudarías a resolverlo.»

Es increíble lo inteligente que puedo resultar cuando cierro la boca y abro los brazos.

¿Qué te ha parecido la historia de esta mujer? ¿Crees que todos deberíamos hacer esto más a menudo? ¡Cuéntanoslo!

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