La ciencia explica los motivos por los que no nos podemos hacer cosquillas a nosotros mismos

Si quieres analizar uno de los grandes misterios de la mente humana, todo lo que necesitas es un plumero y tus pies. Siéntate, quítate los zapatos y los calcetines, y acaríciate la planta de los pies suavemente con sus plumas. Ahora pídele a un amigo, padre o hijo que haga lo mismo por ti.

Si eres como la mayoría de las personas, la primera vez que las plumas toquen tus pies ni te inmutarás, mientras que en la segunda todo tu cuerpo temblará por las cosquillas. ¿Por qué?

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Pensémoslo detenidamente durante un momento. Cada vez que nuestro cuerpo se mueve, crea sensaciones muy confusas que pueden llevarnos al equívoco de muchísimas formas diferentes. Solo imagina el caos que supondría que pensases que alguien te está tocando cada vez que una de tus manos te roza una pierna.

Ser capaz de diferenciar entre nuestros movimientos y las acciones de otras personas es, por lo tanto, una parte imprescindible de nuestro sentido del «yo», aspecto de la psique que incluso los robots más sofisticados no pueden replicar.

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Cuando examinamos este tipo de rasgos, deseamos encontrar un ejemplo que se replique fácilmente en el laboratorio. «Hacer cosquillas es un buen ejemplo porque el contraste entre las sensaciones producidas por otros y la incapacidad de hacerse cosquillas a uno mismo es muy clara», decía Jennifer Windt de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz en Alemania.

Sarah-Jayne Blakemore, del University College de Londres, fue una de las primeras en investigar la forma en que el cerebro toma estas decisiones rápidas sobre sí mismo y los demás.

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Para ello escaneó el cerebro de unos sujetos mientras les hacían cosquillas en las palmas de las manos, y mientras intentaban hacerlo ellos mismos.

De la actividad cerebral resultante, ella concluyó que, cada vez que movemos nuestras extremidades, el cerebelo realiza una serie de predicciones muy precisas de los movimientos del cuerpo y luego envía una señal que amortigua la actividad en la corteza somatosensorial, donde se procesan las sensaciones táctiles.

El resultado es que cuando nos hacemos cosquillas a nosotros mismos, no sentimos las sensaciones con la misma intensidad que si hubieran venido de otra persona porque las predecimos, por lo que permanecemos tranquilos en lugar de retorcernos con esa mezcla familiar de incomodidad y placer que surge cuando alguien nos hace cosquillas.

Si no hay “sorpresa”, no hay cosquillas.

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Fuente: BBC