Esta adolescente tuvo que dar a luz lejos de su familia para evitar que se avergonzaran de ellos. Nunca se imaginó lo que ocurriría años más tarde…

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El padre de esta adolescente la llevó en avión hasta otra ciudad para evitar que su familia fuese el hazmereír del vecindario. Lo que ocurrió años más tarde es totalmente increíble.

Esta adolescente tuvo que dar a luz lejos de su familia para evitar que se avergonzaran de ellos. Nunca se imaginó lo que ocurriría años más tarde...
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Durante el verano de 1959 me vi obligada a volar desde Washington hasta Los Ángeles acompañada por mi padre. A mis diecinueve años, me encontraba muy asustada mientras viajaba hasta una ciudad totalmente nueva para mí donde podría dar a luz y dejar en adopción al bebé lejos de las miradas indiscretas de mi entorno.

El 3 de septiembre di a luz a un bebé precioso. La primera vez que lo vi apoyado entre los brazos de la matrona no pude evitar sentir que no tenía el derecho de cogerlo sabiendo lo que haría luego con él. El doctor y las enfermeras no me lo ofrecieron porque pensaban que sería doloroso para mí, supongo que tenían razón. Poco después de dar a luz volé de regreso a Washington donde firme los papeles de adopción y como me había sugerido el doctor continué con mi vida.

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Aunque con el tiempo, el dolor que sentía tras la separación iba disminuyendo, nunca olvidé que tenía un hijo en alguna parte del mundo. Durante los siguientes 33 años, cada vez que llegaba el 3 de septiembre lloraba en silencio por el niño que nunca pude disfrutar. El Día de la Madre era el peor momento del año. Todas las madres presumían de sus hijos y sentían orgullo al hablar de sus logros, yo sin embargo tenía que luchar conmigo misma para no gritar a los cuatro vientos que también era madre.

Así fueron pasando los años, que poco a poco se fueron convirtiendo en décadas, con el pesar de mi hijo en lo más profundo de mi corazón.

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El 26 de marzo de 1993 escuché un mensaje en el contestador automático del teléfono. «Elizabeth», dijo una voz femenina, «Tengo una noticia para usted que espero que la llene de alegría».

Su voz se quebró, era evidente que estaba hablando entre lágrimas. «Si usted es la misma Elizabeth Thring que me hizo un regalo hace 33 años, por favor llámeme, me encantaría tener una charla con usted».

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Llamé inmediatamente aunque nadie me cogió la llamada. No fue hasta 3 días más tarde cuando conseguí contactar con aquella mujer llamada Susie. Después de darme las gracias por llamarla, me preguntó si yo la conocía.

«Creo que sí», le contesté, «pero no estoy segura del todo».

«Oh, Elizabeth», dijo ella, «Adopté a su hermoso bebé hace ya 33 años y simplemente la llamo para decirle lo maravilloso que es su hijo. Bill se ha casado con una chica estupenda y tiene dos niñas preciosas».

En aquel momento no podía creer lo que estaba escuchando. Había soñado con este momento infinidad de veces durante todos estos años y ahora era una realidad. Al parecer, después de ver a sus dos nietas jugando en el jardín Susie pensó para sí misma, «¿Quién no querría conocer a estas preciosas nietas?», por lo que se propuso contactar conmigo.

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Durante nuestra conversación me contó que aunque Bill sabía que ella quería encontrarme, no estaba al tanto de que finalmente lo había conseguido ya que siempre existía la posibilidad de que yo no quisiera verlo.

Poco después de aquella conversación envié una carta dirigida a Bill en la que le escribí:

«Estoy muy contenta después de descubrir que tras todos estos años estás bien y  quieres conocerme tanto como yo anhelo verte y estar contigo.

Es muy importante para mí que sepas que nunca jamás te olvidé ni dejé de quererte. Te agradezco de todo corazón que quieras conocerme y no te hayas dado por vencido.»

A mediados del mes de abril volé a Los Ángeles. Durante el viaje escribí 33 tarjetas de cumpleaños en las que describía lo que hice cada año hasta hoy, supongo que Billy querría saber que fue de mi vida.

DeAnn, la esposa de Bill, grabó en vídeo mi llegada al aeropuerto. Junto a ella se encontraban mis preciosas nietas y justo detrás de ellas estaba Bill, un hombre rubio y apuesto del que cualquier madre se sentiría orgullosa.

Cuando me vio, Bill salió de detrás de su esposa y se dirigió hacia mí con los brazos abiertos. Cuando me abrazó pude sentir lo que toda las madres de este mundo sienten la primera vez que abrazan a su bebé.

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