Carta abierta de una madre que sufrió el berrinche de su hija en público

El fin de semana pasado, mi marido y yo fuimos a comer a un restaurante. Bueno, mi marido, mi hija de dos años y yo. No se trataba de ninguna celebración de cumpleaños o aniversario, simplemente se trataba de una salida espontánea que decidimos hacer para comer en algún sitio en el que no hubiésemos estado.

Al principio todo iba bien. Mi marido y disfrutábamos de nuestra comida mientras que nuestra pequeña ser reía a la vez que comía algunas patatas fritas con ketchup. Por desgracia, de un momento a otro, aquel magnífico ambiente de felicidad se fue al traste por completo. La risa de mi hija cesó y su rostro de felicidad se tornó en un rostro de tristeza. Cuando le pregunté qué le ocurría me dijo que tenía que ir al baño.

Debería de haber sabido que solo era una artimaña para poder «liberarse» de la sillita infantil donde se sentaba. Sin embargo, como nos encontramos en pleno proceso de aprendizaje del control de los esfínteres, no podía decirle que no, así que la llevé al baño.

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Como era de esperar, no hizo absolutamente nada. Justo en el momento en que nos encontrábamos frente a la puerta del baño, su cuerpo comenzó a ponerse en tensión. De repente se para y me dice que no tiene que hacer pis. Cuando le dije que lo intentase de todas formas, empezó a resoplar y resoplar.

Aunque intentó soltarse de mi mano para volver a la mesa, tuve los reflejos suficientes para cogerla del brazo y llevarla hasta el baño. En el momento en que la senté sobre el retrete supe que lo de disfrutar de la comida se había acabado para mí. Cuando regresamos a la mesa mi hija se negó a sentarse en su sillita.

Ella solo quería jugar, me dijo que quería «bailar». Aunque le hubiésemos concedido ese capricho en cualquier situación, aquel día estábamos en un restaurante bastante caro en el que se espera cierto comportamiento. Le dijimos que primero comeríamos y luego podría bailar todo lo que quisiese.

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No poder hacer lo que quería cuando ella quería hizo que se enfadase. Cuando su padre la agarró para sentarla en la silla, la pequeña empezó a patalear y a forcejear. Por si no fuese suficiente, cuando mi hija se enfada, además de gritar y llorar, canaliza su frustración hasta sus manos, de manera que empieza a dar manotazos sin control. Sin embargo, esta vez apuntó intencionadamente un vaso lleno de agua haciendo que este cayese al suelo.

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Me horroricé. Quiero decir, mi hija no es ninguna santa y como está cerca de cumplir los 3 años, sus rabietas suelen ser cada vez más frecuentes e intensas, pero por lo general suele ser una chica muy dulce y educada.

De repente, nos habíamos convertido en ese tipo de personas. Éramos los típicos padres de una niña malcriada. Una niña tan rebelde que no éramos capaces de controlar.

Podía sentir perfectamente como todos los comensales del restaurante fijaban su mirada sobre nosotros. Sabía que todos esperaban ver cómo reaccionaría la madre de aquella niña maleducada. ¿Le gritaría? ¿Me iría del restaurante o seguiría disfrutando de mi comida?

Hablé a mi hija en voz baja pero con firmeza, quien ahora estaba llorando más que antes. Le expliqué por qué su comportamiento fue inapropiado, por qué su respuesta fue inapropiada y le dije que tenía que pedirle perdón a su padre y a la camarera que en ese momento se encontraba limpiando el vaso que ella había estrellado contra el suelo.

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Por suerte, pidió disculpas aún con lágrimas en los ojos, sin embargo, yo seguía molesta por lo sucedido. En ese momento me doy cuenta de que una pareja se acerca a mí.

«Aquí vienen», pensé. «Ya van a echarme la bronca dos estirados por no saber controlar a mi hija.» Sin embargo, lejos de recriminarme nada a mi o a mi hija, la mujer se aproximó a ella y la felicitó. Luego me miró, sonrió y guiñó un ojo.

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Unos segundos después continúa diciendo, «Tienes mucha suerte. Mis hijos no eran tan buenos cuando tenían su edad…» Le sonreí y le di las gracias.

Entonces me di cuenta que yo era la única que me preocupaba por que los demás me estuviesen juzgando. Era yo la que no paraba de hacer suposiciones. Solo yo me estaba juzgando por los sucedido.

Aquella mujer solo me apoyó y fue considerada conmigo. «No te preocupes, todos hemos pasado por ahí», añadió la mujer antes de marcharse.

Así que para todas esa madres que sientan en apuro cada vez que su hijo se enfada y monta un alboroto en público, acuérdate: ¡todas hemos pasado por ahí, te entendemos, y es algo que le sucede a todo el mundo!

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Fuente: LittleThings